Decepción a un año de la administración Obama
Escrito por José Antonio Meyer RodrÃguez
El asenso a la Presidencia de Estados Unidos de un ciudadano afro-americano, joven y con propuestas reformistas constituyó todo un hito en la historia americana. Por ello, su gobierno fue presagiado por distintos especialistas como un gobierno de grandes retos en la búsqueda de consensos dada la enorme diversidad cultural de la sociedad presente, la baja en los niveles de competitividad internacional y la grave crisis económica provocada por la especulación financiera y la falta de una regulación eficiente.
Antes, durante una amplia y intensa campaña, Obama aprovechó los errores de sus contrincantes, el rechazo creciente de distintos grupos sociales a las políticas del Presidente George Bush y, sobre todo, el ambiente de incertidumbre generado por la recesión económica y la crisis financiera. Con gran habilidad y carisma estructuró una estrategia de comunicación sustentada en el cambio y la esperanza a partir de los valores fundacionales de la sociedad americana, para mediante medios minoritarios, redes sociales y nuevas tecnologías provocar una alto nivel de expectativa y participación entre amplios sectores femeninos del electorado, los grupos étnicos y sociales emergentes y las generaciones más jóvenes y educadas.
Sin embargo, lo que en un principio se manifestó como un gobierno de amplia aceptación social y legitimidad política, manifiesta en una mayoría Demócrata significativa tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes, a solo un año de su toma de posesión empiezan a evidenciarse serias dudas y cuestionamientos entre distintos sectores políticos y económicos de amplia influencia sobre la capacidad política de Barack Obama para enfrentar y resolver los graves problemas de la sociedad estadounidense presente.
En efecto, según un estudio de opinión nacional de la encuestadora Gallup (18 de enero de 2010), Obama promedia un 57 por ciento de aceptación en su primer año en la Casa Blanca ubicándose en el penúltimo lugar entre los presidentes que han gobernado su país desde la Segunda Guerra Mundial. Está empatado con el Republicano Ronald Reagan y supera por poco margen a su antecesor Demócrata William Clinton. Ellos enfrentaron condiciones similares en su momento, aunque no tan complejas como las actuales.
De manera más drástica, según las cifras de Gallup, el desempeño del Presidente Obama ha sido calificado con un 51 por ciento durante el último cuatrimestre del año por un público estadounidense desencantado por los resultados alcanzados hasta este momento. Cuando Obama tomó posesión en enero de 2009, sus índices de aceptación fueron calificados como de los mejores para un nuevo Presidente en el país (hasta 70 por ciento, según algunas encuestadoras). No obstante, esa cifra declinó rápidamente y tuvo un decremento hasta de 12 puntos porcentuales del primero al cuarto cuatrimestre del año para convertirse en la caída más grave en la aceptación pública de un Presidente en su primer año de gestión.
Para Gallup los dos factores que a juicio de los encuestados han contribuido a esa caída drástica en la aceptación presidencial son: la recesión económica y el fracasado intento de reforma al sistema de salud. Para el público estadounidense durante el primer año de gestión del nuevo Presidente siguen siendo severas las condiciones económicas, además de que la situación se percibe como peor que antes. El índice de desempleo sigue siendo alto y no parecen mejorar las condiciones generales, ni identificarse acciones gubernamentales decisivas para que esto pueda cambiar. En ese sentido, la aprobación de Obama sobre el manejo de la economía ha disminuido a lo largo del año hasta alcanzar un mínimo histórico del 40 por ciento, muy similar a los niveles otorgados a Reagan y Clinton en su primer año de gestión. Otro elemento que contribuyó a la disminución en las calificaciones de Obama fue su fracasado intento de reforma al sistema de salud, ello a pesar de que este tema se convirtió en la prioridad legislativa nacional hacia finales del verano pasado. No obstante, la airada reacción de algunos miembros del Congreso y la furiosa postura de muchos participantes en las reuniones estatales y municipales, generaron un malestar muy significativo entre amplios sectores de la población. La iniciativa enfrentó serias dificultades para obtener el apoyo mayoritario del público, lo que contribuyó para que los estadounidenses otorguen a Obama un pobre 37 por ciento de aprobación sobre el tema de salud. En consecuencia, los intentos de Obama para mejorar la economía y ampliar la cobertura del sistema de salud a otros grupos sociales han generado más preocupación que confianza entre los estadounidenses, sobre todo porque se percibe la posibilidad de un dramático aumento en el gasto público y el consecuente incremento del presupuesto federal con más carga impositiva para las empresas y los ciudadanos. De igual forma, se ha generado la impresión de que el gobierno de Obama busca una expansión del poder del gobierno federal en la vida social y económica del país.
Aunque la encuesta no permite identificar a los grupos sociales que más se han desencantado por los resultados de este primer año de gestión presidencial, si existe una clara evidencia de que es en el Congreso donde se encuentra el elemento de mayor resistencia pública. De la minoría Republicana han surgido las mayores críticas y los impactos mediáticos más significativos que han llamado la atención de las élites estadounidense. Con ello han logrado legitimar sus obstáculos a las iniciativas presidenciales y retrasar las reformas, afectando la credibilidad de electores impacientes por una acción decidida en su favor. A esto deben agregarse, por un lado, la falta de liderazgo y operación política efectiva por parte del Vicepresidente Joe Biden. Por otra, el fallecimiento del senador Edward Kennedy -con el cual los Demócratas perdieron no sólo a un influyente político y gran negociador sino también una curul fundamental en el Capitolio-. Finalmente, la falta de experiencia legislativa de los llamados congresistas junior –producto de la dinámica electoral de 2008- quienes no han sabido negociar y sacar adelante las reformas ante su innegable necesidad de no afectar su incipiente legitimidad social. En ese contexto, es de considerar que si bien los influyentes periódicos y las grandes cadenas de televisión y radio actuaron en favor de Obama hacia finales de la campaña y el inicio de la gestión, en los últimos meses han empezado a variar sus posturas editoriales, alertar sobre las reformas e iniciativas de la administración y abrir cada vez mayores espacios a las voces contrarias que cuestionan desde diversas posturas la acción presidencial. Por tanto, este primer año culmina con dos puntos de vista explícitamente encontrados. El primero que expresa una gran preocupación por el intento de expandir el poder del gobierno federal y el gasto público, mientras el segundo cuestiona la tibieza, lentitud e ineficiencia de la acción gubernamental para realizar los cambios necesarios ofertados durante la campaña en el sistema estadounidense. Todo ello en medio de condiciones económicas internacionales adversas que no terminan de mejorar, un sector financiero envuelto en sus prácticas especulativas y una postura presidencial cada vez más coercitiva pero poco efectiva, así como un aparato productivo que busca sobrevivir en un mercado enrarecido pese a la restricción en el consumo y el gran déficit de los créditos.
Un hecho por demás significativo en los resultados de este primer año de gestión del Presidente Obama, lo constituyen las manifestaciones de malestar de grupos de presión antes afines a la administración Obama. Entre ellos, un caso digno de mención es el de la coalición de organizaciones defensoras de los derechos humanos que aprovechó el octavo aniversario de la prisión militar de Guantánamo para exigir al Presidente cumplir con su palabra y cerrar el centro de detención que él mismo calificó en su momento como “un símbolo de los excesos de Estados Unidos en la guerra contra el terror”. En un acto celebrado al exterior de la Casa Blanca, con voluntarios encapuchados y enfundados en trajes naranja -evocando a los casi 200 presos de la cárcel en Cuba-, los manifestantes expresaron que el Presidente ha fallado y no ha cumplido con su compromiso de cerrar ese centro de detención al haberse cumplido un año de esa decisión. Los representantes de organizaciones como Human Rights Watch y Center for Constitutional Rights señalaron estar decepcionados “por la falta de transparencia, politización y continua violación de los derechos de muchos de los detenidos, contra los que ni siquiera existen pruebas suficientes y algunos fueron detenidos de manera ilegal”. Como se recordará, a partir de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 el Presidente Bush decidió el 11 de enero de 2002 trasladar a Guantánamo desde distintas cárceles clandestinas de la CIA a 20 hombres sospechosos de acciones terroristas para ser internados en celdas de alta seguridad. Algunos fueron torturados, varios murieron bajo argumentos de suicidio y otros siguen atrapados en un laberinto judicial que no parece tener salida en el corto plazo. Pese a la decisión inicial del actual Presidente de cerrar este centro de reclusión y juzgar legítimamente a los detenidos, el proceso judicial y administrativo se ha encontrado con muchos obstáculos y ha sido sumamente lento desde la perspectiva de sus opositores o votantes iniciales. Por ello, no han dejado de expresar que el gobierno de Obama ha carecido de la capacidad suficiente para darle punto final a ese delicado asunto.
En contraste, la imagen internacional del Presidente Obama se encuentra en un punto muy alto toda vez que sus acercamientos con los gobiernos de América Latina, incluyendo Venezuela y Cuba, Europa, Medio Oriente y China, le han resultado benéficos en términos de legitimidad y reconocimiento. Ello contrasta con la tradicional postura aislacionista de los presidentes Demócratas, pero que resulta de gran importancia ante el deterioro de las relaciones internacionales de Estados y la pérdida paulatina del liderazgo internacional. El reto del segundo año de gobierno seguirá siendo enorme en términos políticos y económicos. Por ello, habrá que observar la capacidad de aprendizaje de la administración y su eficiencia para revertir los procesos de opinión pública y resignificar nuevamente el proyecto ante los desencantados grupos sociales.
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Nuevo enfoque de la migración
Escrito por José Antonio Meyer RodrÃguez
En su libro Los Próximos 100 Años, George Friedman sostiene que en 70 años México entrará en una abierta confrontación con Estados Unidos por la supremacía mundial. Sus argumentos se basan en que la inmigración de mexicanos hacia ese país ha sido estimulada desde Washington, lo que posibilitará que estos reocupen los territorios perdidos durante las guerras del siglo XIX y desde los que libren una batalla por la reivindicación histórica. Experto en cuestiones geopolíticas Friedman se asume como un futurólogo provocador, pero esconde en realidad un espíritu abiertamente conservador. El discurso que potencialmente reconoce la capacidad social de los mexicanos por recuperar bajo nuevas condiciones los territorios del sur y sureste estadounidense (Texas, Nuevo México, Arizona, Colorado y California), simula en realidad un cuestionamiento de fondo hacia el actual gobierno estadounidense por no recrudecer aún más las políticas de intimidación de los migrantes en la zona fronteriza y, sobre todo, perseguir y extraditar de una vez por todas a los millones de residentes e indocumentados con todo y familias para evitar lo que llama “un crecimiento desorbitado” y un impacto de “hondas consecuencias sociales y culturales”.
El analista reconoce que la “reconquista de América” ya empezó desde hace tiempo, a partir de que los mexicanos se han distribuido y extendido por casi todo el territorio estadounidense, incluidos los estados de Alaska y Hawaii. En otras entidades como Arkansas la población ha crecido considerablemente, al grado que durante los primeros cinco años de este siglo ha superado en un 60 por ciento el índice de incremento demográfico en ese sitio. Ello no es fortuito ni incidental porque en el condado de Benton se encuentran los corporativos de Wall Mart y Tyson Foods, donde los mexicanos acaparan los puestos de trabajo. Asimismo, esta población se ha extendido hacia las empacadoras de pollos en Alabama, las actividades de construcción en Louisiana y creado en el corazón de Atlanta una amplia comunidad que se distingue por sus mercados, fiestas y costumbres típicas. En Las Vegas se ha incrementado hasta en un 90 por ciento el número de meseros mexicanos en los hoteles, así como en los trabajos de jardinería, limpieza, construcción y gastronomía.
Los territorios que México perdió en las guerras del siglo XIX han visto en los últimos años un acelerado proceso de “reconquista cultural”, dice Friedman. Ello se debe a que los patrones migratorios se han venido redefiniendo a partir de las nuevas condiciones económicas y de seguridad vigentes, tanto en México como en Estados Unidos. En ese sentido, se transita de un modelo de inmigración temporal y circulatoria determinada por los ciclos agrícolas, a otro más permanente, diversificado y extensivo con prestadores de mano de obra instalados en la esfera de los servicios menos competidos. Del mismo modo, de comunidades de origen revitalizadas por las remesas y la inversión pública compartida se cambia hacia un nuevo orden existencial donde la expectativa es reunirse en poco tiempo con el emigrante para reiniciar la vida en un nuevo contexto territorial. Pese a que esta nueva situación provoca la ruptura de vínculos con la comunidad originaria, emerge también una reconfiguración de identidades con el sitio de destino adonde se han trasladado también otros mexicanos con costumbres y tradiciones similares. Por ello, no es casual que actualmente la mayor parte de la matrícula pública y comunitaria del primer año de primaria se forme por niños latinos, lo que haría preveer que para el año 2020 estén en posibilidad de ingresar a las universidades o mercados laborales mejor remunerados.
De acuerdo al autor, a partir de este nuevo enfoque migratorio los mexicanos están avanzando políticamente en forma más acelerada que en décadas anteriores. Y aunque su ritmo es todavía muy lento como para representar un grupo de interés considerable, el incremento de sus representantes en las legislaturas, alcaldías y condados se ha incrementado en un 50 por ciento. Asimismo, pese a que existen apenas 17 millones de personas elegibles para votar por la baja tasa de ciudadanía, la proporción dentro del electorado estadounidense ya ha llegado al 8.6 por ciento. Después de los últimos resultados de la elección presidencial, el cambio demográfico en el electorado jugará un papel cada vez más distintivo en estados como Arizona, Nuevo México, Nevada, Colorado y Florida. Consecuentes con ello, los Demócratas organizaron su Convención para la nominación presidencial en Denver, mientras que los Republicanos buscan enfrentar la redistribución distrital en Florida que ha permitido el crecimiento electoral de esta minoría.
Pero aunque las cifras indican lo contrario, la llamada “estimulación provocada” constituye una afirmación equivocada en la tesis de Friedman. Ello es demostrable en el hecho de que hoy más que nunca en la historia estadounidense existe un ambiente de acoso, persecución y discriminación en contra los inmigrantes latinos –no solamente indocumentados-. Además, con la radicalización de algunos Republicanos en el congreso y la falta de operadores políticos eficientes como Edward Kennedy, las posibilidades de alcanzar en corto tiempo un acuerdo para una reforma jurídica integral son muy menores. México no necesita de los territorios perdidos durante el siglo XIX, pero sus emigrantes si empiezan a reconocer la importancia de una mayor influencia sobre ellos. En ese sentido, dependiendo de las condiciones económicas, sociales y políticas y de su propia perseverancia, para 2080 ellos serán territorios con una gran incidencia de lo mexicano aunque bajo la bandera estadounidense. No habrá un acuerdo explícito, ni tampoco un proyecto predeterminado, pero si un gran reto para el sistema de asimilación que habrá de incorporar lo latino como un componente adicional de la cultura estadounidense. De esa capacidad de reinvención –propia del sistema estadounidense- dependerá en mucho su nueva configuración multicultural, así como el robustecimiento ideológico de sus principios fundacionales que constituyen la fuerza esencial de su formación social.
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