Lo dicho, no existe el “nuevo PRI”

Por: Valentín Varillas
Tres meses de obsesivos mensajes al electorado, en el sentido de que el Partido Revolucionario Institucional había llevado a cabo un proceso de cambio radical de prácticas y actitudes políticas, quedaron sin efecto apenas siete días después de la elección del 1 de julio.
Con una contundencia que espanta, ha quedado demostrado que el PRI que gobernará el país los próximos seis años, es el mismo de siempre.
Si el tricolor se hubiera renovado, no habría recurrido a aquellas viejas prácticas en las que se doctoró para volver a la presidencia de la República.
Un “nuevo PRI” hubiera tenido un poco de conciencia social y lo hubiera pensado dos veces antes de lucrar electoralmente con la miseria de millones de mexicanos.
La compra y la coacción del voto, aprovechándose del hambre de las clases sociales más necesitadas del país, en un México con más de 60 millones de pobres, es un auténtico crimen social.
No se le puede llamar de otra manera.
El gasto y el dispendio que ensayó el partido en aras de amarrar este triunfo electoral jamás se habían visto en la historia política del país, inclusive en aquellos tiempos del régimen de partido único.
El rebase al tope de recursos que establece la Ley Electoral es escandaloso.
Las dudas sobre el origen de esos recursos, son todavía peores.
No sólo la operación financiera de los gobernadores emanados del tricolor y de algunos otros con los que se llegó a acuerdos concretos, con el consiguiente uso electoral de programas sociales.
No sólo la abierta operación de Elba Esther Gordillo a través del sindicato magisterial y los “apoyos” de movilización y de dinero orientados a la victoria de Peña Nieto.
Lo grave de este tema es la posibilidad de que grupos fácticos de poder hayan tenido que ver con el financiamiento de las actividades políticas del PRI y por consiguiente haber influido directamente en la elección del próximo presidente, con todo lo que ello implica.
Un “nuevo PRI” hubiera respetado las reglas del juego, haciendo todo lo posible por competir en igualdad de circunstancias, privilegiando el programa y la oferta electoral.
Si existiera un “nuevo PRI” intentaría ser incluyente con aquellos sectores que abiertamente han mostrado un rechazo concreto a su oferta política.
No lo fueron con los jóvenes, un sector de la sociedad que por muchos años ha sido olvidado por el priismo y que demostraron tener no sólo capacidad de movilización social, sino peso específico electoral real en el resultado final de la elección.
A fin de cuentas, hoy que serán gobierno lo tendrán que aprender, pero a un costo monumentalmente mayor que si lo hubieran hecho en plena campaña.
Se comportaron como el PRI de siempre.
No los vieron ni oyeron durante el proceso (coincidentemente, Salinas dixit)
Si el PRI se hubiera renovado tal vez no hubiera recurrido a la anquilosada estrategia de intentar la unificación de criterios a través del uso a conveniencia de medios masivos y encuestadoras a modo.
Lo anterior, en el México de hoy, resulta una falta de respeto a una buena parte del electorado capaz de emitir un voto razonado sin necesidad del enorme bombardeo propagandístico desplegado.
Al final, estos medios y esas encuestadoras perdieron en credibilidad y prestigio al haber vendido hasta la saciedad un escenario político que no se dio en los hechos.
El “triunfo contundente” de Peña Nieto, cacareado durante toda la campaña y sostenido a sangre y fuego hasta el miércoles previo al proceso, se redujo en realidad a poco más de 6 puntos porcentuales, lo que cambia radicalmente el entorno en el que el priista gobernará.
Más del 60% de los votantes eligieron otra oferta electoral, quisieron un México diferente al que tendremos los próximos seis años y por las buenas o las malas tendrán que ser tomados en cuenta por el nuevo jefe del ejecutivo federal.
Claro que hoy, en plena borrachera triunfalista, esto no le importa al “nuevo PRI”.
Tal y como lo hacía el viejo PRI, gritan a los cuatro vientos que lo único importante para ellos era ganar la elección, que el fin justifica los medios y que ya se preparan para otros 70 años en el poder.
Dicen algunos que la definición de la locura es hacer reiteradamente las mismas cosas esperando un resultado diferente.
La película que veremos a partir de diciembre la vimos durante décadas y conocemos de sobra el final.
Aún así, la mayoría de la minoría cinéfila nacional, decidió volver a ponerla en cartelera.
Ni hablar.
¡Qué Dios reparta suerte!
La vamos a necesitar.
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Twitter: @ValeVarillas























Comentarios
No le juegues al inocente, que no te queda.