Meade, dedazo compartido

Por Valentín Varillas

 

Una pertinente duda rondó entre la élite priista nacional, una vez que fue consumada la unción de José Antonio Meade como precandidato único a la presidencia de la República: ¿a dónde dirigirse para el tradicional besamanos?

Dos opciones viables tenían, de acuerdo a la manera en como se resolvió en esta coyuntura el vetusto rito del tapado: la residencia oficial de Los Pinos o las oficinas de la Cancillería mexicana.

Y es que, en este caso particular, en el imaginario colectivo de los miembros del tricolor, un dedo distinto al que tradicionalmente designa candidatos tuvo mucho, muchísimo que ver en el nombramiento de Meade: el Secretario de Relaciones Exteriores Luis Videgaray.

Más allá de lo que trascendió entre la opinión pública y publicada, al interior del círculo íntimo del presidente Peña se le reconoce a Videgaray por ser el verdadero autor intelectual de la candidatura de Meade.

Juran los enterados que el canciller, con una paciencia infinita y una estatura de estratega que jamás ha mostrado en su paso por el servicio público, movió con atípica habilidad los hilos de la sucesión para beneficio propio y de su grupo.

Operó, dividió, fracturó, convenció y cuando fue necesario hasta imploró, con tal de lograr su objetivo.

Sabiendo que él mismo no cumplía con los requisitos necesarios para garantizar la permanencia en la cúpula del poder nacional, tanto por criterios de rentabilidad electoral como por imagen y desprestigio, Videgaray se jugó su resto apostando por el único perfil que consideraba digno de su confianza absoluta.

Al final le salió.

La jugada maestra, la que muchos interpretaron como error garrafal, fue su discurso de “destape anticipado”.

En él, Videgaray hizo una detallada descripción de los requisitos que tenía que cumplir el candidato ideal para competir por la presidencia por el PRI, lo que los hechos fue un traje a la medida de Meade Kuribreña.

Con esto, aceleró los tiempos, soltó a los demonios y obligó al presidente a apresurar la decisión como estrategia para evitar una importante e irreversible fractura dentro de su burbuja.

Cuando Peña trató de desmarcarse mediáticamente del hecho, llamando “despistados” a quienes pensaban que las candidaturas se ganaban a través de discursos, en realidad ya se había decantado por el titular de la SHCP.

La frase, simplemente fue producto de una estrategia de control de daños “al bote pronto”, en donde se pretendía ganar tiempo en lo que se daban los toques finales de la operación cicatriz interna y se oficializaba la decisión.

Videgaray, por si alguien tenía dudas todavía, demostró que siempre ha sido el personaje de mayor influencia y capacidad de interlocución con Enrique Peña Nieto, al grado de que llevó mano en la toma de la decisión más importante de su sexenio.

La que busca garantizar continuidad en el ejercicio del poder, impunidad a perpetuidad y tranquilidad por los siglos de los siglos.

De ganar Meade, Videgaray podrá disfrutar de seis años más ejerciendo esta especie de vicepresidencia de facto que tanto lo ha beneficiado y que tanto daño ha hecho al país.

Por cierto, al final del día, fue este personaje el que más felicitaciones y aplausos recibió por el destape del candidato tricolor.

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