Barbosa siempre fue la carta de los López

Por Valentín Varillas

 

La génesis de la candidatura de Luis Miguel Barbosa al gobierno del estado de Puebla, se dio en una privadísima comida que el senador sostuvo con Andrés Manuel López Beltrán, hijo del dueño de Morena, en donde más que un guiño, al entonces perredista se le ofreció abiertamente la nominación.

Sin embargo, en el largo peregrinar que suponía llegar a la consecución del objetivo, era necesario que el poblano fuera cumpliendo con una serie de estrictos requisitos impuestos por la cúpula de Morena y que tenían que ver, todos, con un aspecto central: la confianza.

Y poco a poco, Barbosa se la fue ganando.

El cumplimiento del primer acuerdo se dio minutos después de aquella comida, cuando en su cuenta en Twitter, el poblano manejó que, a pesar de ser perredista, apoyaría el proyecto presidencial de López Obrador.

El mensaje, como era de esperarse, despertó la ira de la nomenclatura del partido del Sol Azteca, quien aplicó los mecanismos contra la “traición”, considerados en sus estatutos e inició los respectivos procedimientos en materia de impartición de justicia interna.

Antes del resolutivo final, Luis Miguel se les adelantó anunciando su renuncia a un partido en el que ya no tenia cabida.

Parte de los compromisos suponían el trasladar a Morena el capital político y la capacidad de operación de Barbosa, a través de la captación de algunos de sus incondicionales.

Así se hizo y faltan todavía más.

La segunda parte de la estrategia tenía que ver ya directamente con Puebla.

Sabedores de la enorme cercanía política y de amistad que Barbosa tenía con Rafael Moreno Valle y de los amarres de alto nivel que ambos ensayaron para mutua conveniencia, inclusive en lo económico, una ruptura clara, contundente y sin ambigüedades era necesaria.

Paralelamente, había que dejar correr a otro perfil, el de Enrique Cárdenas, que cargó por un espacio de tiempo con la etiqueta de “favorito”, para poder medirlo y ver hasta dónde podía crecer en términos de rentabilidad electoral.

El resultado dejó mucho que desear.

Los primeros números indicaban niveles poco competitivos como para plantarle cara al morenovallismo y lo peor, mostraban un máximo potencial insuficiente inclusive para sumarle un importante número de votos en Puebla al proyecto presidencial de Andrés Manuel.

En este espacio, hace algunas semanas, le mostraba números muy claros que comprobaban lo anterior.

La prueba de amor final fue aquella conferencia de prensa, llevada a cabo en el Senado de la República, en donde Barbosa denunció públicamente los alcances de la red de espionaje operada en Puebla en el sexenio de Moreno Valle.

Un golpe directo al centro neurálgico de la operación política bajo tierra del ex gobernador y la exposición de una potencial traición a aliados estratégicos de altísimo nivel incluidos en la lista de espiados.

Un tema que, además, se mantuvo vigente por varios días en redes sociales y medios de comunicación a nivel nacional e internacional, lo que le reportó una serie de impactos negativos a la imagen de quien pretende ser, todavía, candidato presidencial.

Ganada la confianza con un madrazo de semejantes alcances, Morena abrió la posibilidad de optar por una campaña de confrontación clara, franca, que tendría como eje central los ataques directos contra Rafael.

Hasta el fin de semana pasado, la duda permanecía.

Había quienes optaban por Cárdenas, representante del ala moderada, la académica, que podría sumar el voto de perfiles y grupos sociales distintos a los que tradicionalmente se inclinan por Morena.

Otros, los que al final pesaron más, se decidieron por Barbosa, lo que significa entrar directamente al callejón de los madrazos e intentar por esta vía ganar el gobierno de Puebla.

Ahora, viene el reto de vestir una decisión unilateral con el traje de un proceso democrático en donde “las mayorías” eligieron.

Los López, otra vez, volvieron a salirse con la suya.

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