El sismo y la erosión del sistema

Por Valentín Varillas

 

Tres años después del terremoto que sacudió a México en 1985, el monumental rechazo al régimen priista se manifestó con toda contundencia en las urnas.

El entonces candidato, Cuauhtémoc Cárdenas, había ganado por primera vez para la oposición, una elección presidencial.

En pleno conteo de votos se vivieron las horas más oscuras para el dinosaurio tricolor.

Había que recurrir a la alquimia electoral y robarse el proceso a como diera lograr.

El conducto fue Manuel Bartlett, entonces Secretario de Gobernación y por lo tanto el encargado de calificar la elección.

La famosa caída del sistema se volvió un ícono de los estertores de la bien llamada “dictadura perfecta” y operó como un tanque de oxígeno para la familia revolucionaria.

Sin embrago, el golpe fue letal.

 

El apestoso tufo del fraude electoral permeó en lo más profundo de la sociedad mexicana, al grado de que todavía hiede.

Cada vez que se hace referencia a la manipulación de la voluntad ciudadana expresada en las urnas, se menciona el 88.

Salinas tuvo entonces que buscar aquella legitimación que no le dieron los votos, en acciones concretas, espectaculares que en teoría pondrían a México en el primer mundo.

Fue el principio del fin.

Un fin que se concretó el primer domingo de julio del 2000.

Además del pésimo manejo de la economía, los mexicanos le cobramos a De la Madrid la pasividad que mostró después del sismo.

Parálisis gubernamental en medio de la tragedia y el contraste de una sociedad civil activa que llegó a donde el gobierno federal nunca lo hizo.

La puntilla fueron las acusaciones de malos manejos de la ayuda humanitaria enviada desde varios países y el desvío de los recursos monetarios que por varios frentes se destinaron para atender la contingencia.

¿Cómo afectará políticamente el sismo que 32 años después le vuelve a pegar de lleno a un gobierno emanado del PRI?

Pues todo parece indicar que mucho y de manera brutal.

Aunque la respuesta ha sido mucho más rápida y eficiente que en el 85, jamás alcanzará para cubrir la totalidad de las necesidades.

Y eso -justa o injustamente- generará un costo político y de imagen para el partido en el gobierno.

Lo anterior parecería demoledor en términos de los intereses electorales de Los Pinos.

Las redes sociales, por naturaleza anti-sistema, reportan en tiempo real historias de omisiones y corruptelas oficiales que se quedan grabadas en el imaginario colectivo de los usuarios, en perjuicio de las autoridades.

Imagine este efecto en un presidente al que rechazan casi el 80% de su gobernados y cuya popularidad muestra una persistente tendencia a la baja en la recta final de su sexenio.

La próxima medición, seguramente, reflejará esta realidad muy claramente.

Sume también el enorme fracaso del grupo gobernante actual para enfrentar temas como la pobreza, la marginación, la violencia e inseguridad y sobre todo, la enorme corrupción oficial.

¿Quién puede, en este contexto, capitalizar el costo político del sismo?

Aunque hemos visto también expresiones de rechazo a servidores públicos y funcionarios emanados de partidos diferentes al tricolor, pensar en un fortalecimiento exponencial de una opción ciudadana, a tan corto plazo, parece una utopía.

Margarita Zavala y López Obrador parecieran a simple vista los ganones de la tragedia.

Dependerá de cuánto tiempo dure y de qué nivel alcance la indignación social.

 

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