Encuentros furtivos

Ella llegó a la cita.

Traía un vestido entallado negro que mostraba la exquisitez de sus caderas.

Caminaba segura con zapatillas altas y pelo suelto.

“Hola”, musitó.

Él se levantó de la mesa del restaurante para saludarla con un beso suave en la mejilla que alcanzó a rozar la orilla de sus labios.

Le acomodó la silla y pidieron mezcal para empezar.

Su mirada era más penetrante que aquella foto que luce su avatar en la red social Twitter, donde la conoció. Aún no se sabe quién dio el primer follow, pero sí quedaba claro que el único culpable era el crush.

Su aroma envolvió el lugar. Era una mezcla de pureza y pecado.

Transpiraba adrenalina.

Dos veces el mesero se acercó para levantar la orden, pero él estaba embelesado por sus palabras, movimiento de manos y roce de rodillas que se dio de manera incidental, pero durante toda la velada no se separaron.

De entrada jabugo con queso de suero de oveja. Él tomó un pedazo y se dio en la boca a ella, quien dejó su saliva en los dedos.

Ella cogió un trozo de queso que empezó a mordisquear y jugar con la boca.

Llegó el vino tinto. Los Monjes, Gran Reserva, cosecha 2006.

Brindaron por su primer encuentro.

Las rodillas se movían cadenciosamente. Embonaban perfecto.

El lenguaje corporal delataba a los amantes.

Una ensalada de espinacas, lechuga romana, queso de cabra, arándanos con rodajas de pera y aderezo de mostaza con maracuyá se atravesó entre sus manos que discretamente se buscaban.

Él tiró la servilleta y cuando se agachó a levantarla, aprovechó para rozarle el muslo y la rodilla, mientras ella la detenía un instante.

Compartieron más que la ensalada: la complicidad que se empezaba a dar para disfrutar olores y sabores después del postre.

El plato fuerte fue un jugoso corte con langosta que se puso al centro de la mesa. Ideal para degustar el vino tinto que ya para ese momento había sido salpicado por los aromas de la pareja.

El mesero entendió que sus continuas interrupciones conducían al desdén, por lo que se mantuvo a distancia… ella –más tarde- lo llamó para pedirle un Crème brûlée con una cuchara y dos exprés dobles.

La plática versaba sobre aquella noche de erotismo vía whatsapp que culminó en un par de orgasmos y una venida, preludio de que la química estaba por convertirse en física.

Ella le daba en la boca a él para después chupar la cuchara.

Media hora más estuvieron ahí. Ella se había levantado al baño dejando ver su cadencioso movimiento de caderas y unas deliciosas nalgas que estaban por develarse.

Él sentía cómo su verga se levantaba dispuesta a hurgar todos los rincones de ella.

Se pusieron de pie y él le dijo me hospedo cerca, ¿me acompañas?

Ella lo tomó de la mano para llegar al ascensor. Apenas cerró la puerta y sus labios se unieron en un beso profundo con una disputa por saborear sus lenguas.

Se robaron el aliento y se mezcló su saliva, mientras las manos de él sujetaban las nalgas de ella para acercarla y sintiera lo que le aguardaba.

La lengua de él pasó por su cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja y mordisquearlo. Ella olía a sexo, acercaba su nariz al pecho y cara de él para marcar su territorio.

Eran dos perros en brama dispuestos a entregarse.

Se abrió el elevador y como pudieron se acomodaron las prendas. Entraron a la habitación.

Apenas se cerró la puerta y en el pasillo que divide el baño y la cama se besaron como amantes de toda la vida.

No hacían falta las palabras, era sentir, gozar, oler, saborear, disfrutar.

Él la fue conduciendo hacia la cama, donde el vestido fue cayendo paulatinamente al suelo. Su hermoso cuerpo, suave y con un olor que despertaba los más instintos fue cediendo. Ella se recostó boca abajo, mientras él le quitaba despacio las zapatillas.

Tomó sus dedos de los pies para metérselos a la boca, despacio, para evitar el cosquilleo y transmitir pasión.

La lengua llegó a los muslos, luego en la parte trasera de las rodillas. Ella abrió un poco más las piernas y dejó que él mordiera sus nalgas; en cada movimiento se las abría para introducir lentamente la lengua.

En el momento más intenso de la excitación, él subió su lengua arriba de las caderas, pasando por la espalda y llegando a la nuca.

Ella se volteó y se fundió en otro beso, mientras acariciaba lentamente la verga de él, quien –a su vez- empezaba a rozar su clítoris que se ponía duro.

Ella comenzó a pasar su lengua sobre el pecho de él hasta llegar a donde quería estar. Completa la devoró con movimientos constantes para endurecer más.

Él se acomodó para que ella quedara boca arriba y pudiera meterle la lengua en la vagina en movimientos circulares. Estaba empapada, deliciosos jugos comenzaron a salir.

El silencio cómplice de la habitación fue testigo de la forma en la que ella y él se disfrutaban.

Él la jaló a la orilla de la cama, abrió sus piernas que escurrían y comenzó a penetrarla despacio y en movimientos que permitieran sentirla toda.

Lo aprisionó con sus fuertes muslos para comenzar a darse duro.

Era una fiera.

Las palabras sucias llegaron.

Ella montada en él, empezó a cabalgar hasta hacer de los dos un mismo movimiento. Gemía, acercaba sus labios para morderlos y besarlo.

Ella se inclinaba a él para darle su saliva en la boca, mientras él abría sus nalgas para tocarle y meterle un dedo.

Todo el cuarto olía a sexo, a animales en celo.

“Eres mi puta”, le dijo él al oído, mientras ella le gritaba: “cógeme, dame duro, cabrón”.

La embistió más hasta voltearla y ponerla empinada, abriendo sus nalgas y dándole primero despacio y después duro.

Los jugos que sacaban sus sexos servían de lubricante para hacerlo más placentero.

Un par de nalgadas contribuyeron para que ella pidiera más duro: me encanta sentirla ahí, decía mientras con sus dedos se rozaba fuerte el clítoris.

Ella tuvo su orgasmo y él se vació entre sus nalgas, quedando desfallecidos en la cama. Sudorosos, jadeantes, se transpiraban los aromas mezclados.

Se abrazaron para después…

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