Vidas rotas

Paulina había salido. Me encontraba sólo en casa y, en verdad, puedo asegurar que estaba pensando en Yolanda. Ella acaparaba en ese instante mis necesidades. Ya no me importaba mucho con quien anduviera Paulina, ni incluso que estuviera con Alberto el que, poco a poco, había ido desapareciendo de mi vida.

Paulina se había ausentado no sé muy bien con qué motivo. Lo hacía muy a menudo. Nunca me decía ni donde iba ni con quien salía.  Recuerdo que sonó el teléfono y cuando contesté, sonó su voz empalagosa. Me preguntó si estaba en casa, una pregunta estúpida si se quiere, pues estaba claro que era yo quien había contestado la llamada. Paulina reclamaba con cierta urgencia que me quedará allí, en nuestra casa, que no saliera por nada del mundo. Me iba a dar una sorpresa. Me extrañó mucho, pero como no tenía previsto salir, contesté que me quedaría en casa. Yolanda no estaba disponible y pensaba masturbarme en su honor. La paja transcurriría revisando las imágenes de ambos retozando en la cama de ella. No me llevaría más de diez minutos. Unos toques, unos meneos y la lechada saldría con vigor. Tendría tiempo hasta la llegada de Paulina.

Paulina y yo habíamos perdido todo encanto sexual. Hacía tiempo que nuestras relaciones eran muy esporádicas. Malas y rápidas, ambos habíamos perdido el deseo. Cansado de luchar y tratar de innovar, me sentía solitario y mi interés se había ido perdiendo poco a poco. Así es como conocí a Yolanda, una joven alegre, risueña, y con un deseo desenfrenado por el sexo. Nuestros encuentros eran esporádicos, pero totalmente placenteros. Yolanda vivía sóla y, aunque tenía un novio, siempre mantuvo como estandarte su libertad sexual, y al parecer, bien aceptada por su novio, que, bajo mi punto de vista, se pasaba de comprensivo. Eso, naturalmente me beneficiaba, y la verdad, yo abonaba el terreno para que ella se mantuviera segura en sus convicciones.

Paulina había perdido el interés en el sexo, al menos conmigo. Ni supe ni sé a qué se debió, lo cierto es que esas ardorosas noches, dejaron paso a esas sombras de masturbaciones solitarias. Después de hablar muchas veces con ella, sin éxito alguno, desistí y abandoné la lucha. Con 32 años me quedaba mucha vida por delante. Y a ella también.  Acepté la nueva situación que se nos había presentado, una aceptación propiciada por la cama de Yolanda. Dos largos años habían transcurrido hasta aquella tarde en la que Paulina me telefoneó a nuestra casa y me pidió que no saliera porque iba a ser objeto de una sorpresa. Atrás había quedado, o al menos eso pensaba, Alberto. El era un compañero de oficina de Pauli. Un buen compañero. Un compañero sobreestimado por ella. Yo lo conocía, claro está, pero nunca le ví como un rival. Gracias a nuestros problemas, él tuvo su oportunidad. ¿O fue él el causante de nuestros desencuentros?, puede que sí. Paulina es muy ligera de cascos y me consta que, en más de una ocasión, había flirteado con ese imbécil. Cuando nuestros problemas en la cama se hicieron patentes, ella salió con Alberto tres o cuatro veces. Ni sé lo que hicieron, ni me importa, ni quiero saberlo…aunque lo imagino. Y de pronto, Yolanda apareció en mi vida. Gracias a ella, Alberto y Paulina pasaron a un cuarto plano en mi existencia. Pensé que si ella había salido con ese imbécil, era posible que hubieran usado una cama, y al llegar Yolanda, yo usé la suya. Si Paulina tenía 31 años, uno menos que yo, Yolanda apenas había cumplido los 23. Tenía mucho que aprender del sexo…y yo se lo iba a enseñar. Y se lo enseñé. Ya lo creo. Y ella aprendió.

-Te presento a Teddy. Así, escuetamente, Pauli me presentó al sujeto que la acompañaba.

-Teddy, éste es mi compañero de piso-Dijo ella llena de convicción en una de sus mejores representaciones.

Me quedé paralizado. No daba crédito a lo que acababa de escuchar de boca de mi mujer. No sólo no me había presentado como su marido, si no que se había inventado esa figura que no era nada creíble: su compañero de piso. Me levanté del sillón en el que estaba cómodamente derruido y estreché su mano mecánicamente…sin deseo. Casi con asco. Tal vez vinieran de algún hotel cansados de follar…

-Compartimos el piso desde hace dos años-Añadió ella-, es un encanto de hombre.

Compartíamos el piso desde hacía dos años y yo no sabía nada de nada. En realidad, ella no mentía. No hacíamos vida de pareja. No había sexo entre nosotros. No comíamos juntos, ella lo hacía a una hora y yo lo hacía en mi trabajo. Si, la tele, por lo general, si la veíamos juntos. El canal elegido por ella, naturalmente. Y así…dos largos años. Dos años en los que yo había desfogado mis deseos sexuales con masturbaciones y putas y ella, Paulina…!Vayan ustedes a saber!.

El tipo que estaba a su lado era un ser fornido, con una media hostia me hubiera tumbado sobre el sillón que tenía a mis espaldas. Moreno de piel, pelo corto engominado, de una estatura que rondaría los 180/185 centímetros, exhibía una sonrisa exagerada y un cuerpo moldeado a base de pesas…no había duda.

 

-¿Sólo lo habitáis los dos?. Preguntó aquél extraño.

-Sí. Hasta hace dos meses hemos tenido una chica con nosotros. Una joven estudiante. Pero ya se ha marchado. Aunque es posible que vuelva en breve. A mí me gustaría, es adorable.

Pauli me sorprendía nuevamente. La historia que se había montado me dejaba anonadado. No sabía donde había conocido a ese Hércules ni lo que le habría contado para traerlo a nuestra casa, pero estaba claro que algo pretendía. Y si, se había cuidado muy mucho de montar una historia más o menos creíble para aquél tipo.

-Siéntate, Teddy. Te serviré un refresco. ¿Naranja o limón?. Preguntó ella.

-Naranja, plis. Dijo mientras tomaba asiento cerca de mi cuerpo.

¿Plis?…¿Qué coño era eso?. Hoy sé que es una forma estúpida de decir “por favor”. El titán se sentó a mi lado y con sus antebrazos sobre las rodillas, se anudó los dedos de ambas manos en una postura reservada sólo para los culturistas. De haber intentado imitar su gesto, hoy tendría dos muñones. En esa postura recibió un gran vaso de zumo de naranja. Bebió, sonrió, volvió a beber y dejó el vaso sobre la mesa para volver a anudarse los dedos.

-Voy a poner música-Y dirigiéndose a mí-. Luc, ¿No vas a salir?. La ironía acompañó la frase.

Esa era la abreviatura con la que contestaba cuando me llamaban. Luc. Creo que fue mi abuela materna quien, en atención a la memoria de mi abuelo, exigió, con el consentimiento de mis padres, catalogarme con el nombre de Luciano. Si, aunque yo no me apellidaba Pavarotti, como el famoso tenor. Ni estaba tan obeso como el fallecido cantante. Con 32 años, no me podía comparar con el musculitos que se sentaba a mi lado, pero la frecuencia con la que hacía deporte, me mantenía en un estado óptimo.

-No. En principio no, pero si os queréis quedar a sólas…

-¡De ninguna manera!-Me espetó Pauli-, precisamente he traído a Teddy para que os conozcáis. Creo que va a venir por aquí muchas veces.

¿Muchas veces?, ¿Qué coño pretendía esa bruja?. Se traía un ligue a mi casa, a  nuestra casa, y tenía la osadía de restregármelo por la cara. ¡Qué lejos estaba yo de adivinar lo que iba a suceder un mes más tarde!.

-¿Os habéis enrollado?. Pregunté desde la indiferencia exterior, pero desde el escozor interior.

-Hemos salido un par de veces-Respondió ella con apatía mientras trajinaba con los Cds-, y como nos entendemos, le he traído a casa.

-En ese caso, me alegro por vosotros. Dije a la vez que me incorporaba para ausentarme.

-¿Te vas?…¿Dónde vas?. Me preguntó ella.

-Voy al baño…a vomitar. He tenido muchas emociones hoy.

-¿Te ha tratado mal Yolanda?.

Gong, gong, gong. Sartenazo en plena cara. Subida de tensión. Meteoritos obstruyendo mis venas. Amenaza de eclosión de mi órgano vital.

¿Cómo coño sabía ella lo de Yolanda?. Estaba claro que lo sabía, pero aunque yo era muy descuidado con mis cosas, era consciente de haberme asegurado que mi infidelidad estaría a salvo de sospechas. Faltó poco para que echara mano al zumo del altivo ser que se hospedaba a mi lado. Mis nervios me traicionaron en un principio, pero desde el pasotismo en el que me encontraba, reaccioné medianamente bien. ¿Qué coño me iba a reprochar ella?. ¿Podía acaso culparme de tener una aventura extramarital, cuando ella mísma había salido con el imbécil de Alberto y ahora me había llevado a casa un ligue?. No. No lo iba a permitir. Opté por admitirlo, ya averiguaría más tarde como lo supo ella. Pero, en ese instante, recobré el aliento y quise jugar yo también.

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