La cena…

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Hacía frío, tenía los pies doloridos y ya empezaba a estar cansada de buscar infructuosamente. La ocurrencia de su jefe no podía haber sido más peregrina: celebrar la ya tradicional cena de Navidad de la empresa de todos los años disfrazados de gatas y perros. De buena gana le hubiera dicho que le parecía una idea estúpida, como casi todas las que procedían de él, pero aún no las tenía todas consigo a la hora de que le renovaran el contrato. Lo único positivo de esa cena era que Arturo, del departamento de publicidad, acudiría también y tenía bastantes posibilidades de acabar en la cama con él.

Ya habían tenido algún que otro escarceo en los servicios y en el almacén del material, pero la mala suerte y la casualidad habían evitado que aquellos encuentros no fueran más que una mera aproximación, unos fugaces roces robados al tiempo, demasiado poco para tanta pasión… Esa podría ser la noche perfecta para desquitarse y satisfacer al fin sus deseos. Arturo, como todos los integrantes de su empresa, acudiría sin su pareja, no había que desaprovechar la ocasión.

Pero no iba a ser tan fácil encontrar un disfraz de gata. En estas épocas y a pocos días de la Navidad, las tiendas de disfraces estaban saturadas de vestidos de Papá Noel, Reyes Magos y alguna que otra Virgen despistada. Ni rastro de animales provistos de cola. Después de visitar cuatro tiendas, comprobó que había llegado demasiado tarde a todas ellas y que sus compañeros de trabajo habían arrasado con las existencias. Se había descuidado un poco, la fiesta se celebraba a la noche siguiente, necesitaba encontrar de inmediato algo que le valiera. Al pasar por delante de una sex shop detuvo sus pasos y tras dudar unos segundos, decidió entrar. Preguntó al encargado y ante sus secas indicaciones se dirigió a la zona donde se exponían las prendas de ropa y lencería.

eros10Allí había de todo, pero pocos disfraces: corpiños dorados, vestidos transparentes, livianas tangas, antifaces, disfraces de criada, vampiresa y enfermera… Toda una variedad de prendas para incentivar la imaginación calenturienta de más de uno. Alicia deslizó sus manos por todas las prendas, reconociendo los distintos tejidos, sintió la fría seda resbalando entre sus dedos, el sugerente brillo del látex, los excitantes vestidos de cuero. Sus manos tocaron algo largo, negro y peludo. Cruzó los dedos y sacó la prenda de la percha: nada menos que un disfraz de sugerente felina con todos sus complementos; body negro, enorme cola y medias de rejilla. Unas orejas que bien podrían pertenecer a alguna conejita de playboy completaban el conjunto. Alicia lo miró una y otra vez, le dio la vuelta e intentó imaginarse mentalmente como le quedaría. El encargado le advirtió que iba a cerrar una hora para irse a cenar, ese día no tenía sustituto. Alicia sospechó que en esos instantes, no había nadie en las cabinas del local y sólo estaba ella. No se había dado cuenta de lo tarde que era. La talla parecía la suya, así que, al ver la impaciente mirada del encargado, optó por llevárselo sin probar. Por fin tenía su disfraz para la fiesta.

Al llegar a casa, comprobó con agrado que Arturo le había dejado un mensaje: ya tenía su disfraz de perro bulldog dispuesto a enfundarse en él y atacar con su robusta mandíbula a una gata indefensa como ella. La fiesta prometía. Cenó y se acostó pronto, quería estar radiante para al día siguiente.

El día trascurrió a un ritmo vertiginoso, la jornada de trabajo discurrió sin apenas darse cuenta y por fin llegó la noche. Alicia llegó a casa, se duchó y comenzó a ponerse el disfraz. Las medias de rejilla hacían sus piernas largas y atractivas. El body de satén negro era visualmente provocador, tanto por su generoso escote como por su descarado remate trasero que dejaba sus nalgas completamente al aire, imposible llevar ropa interior debajo sin que se viera. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de un pequeño detalle: no sólo quedaban a la vista sus nalgas, la estrechez de la tela en la entrepierna era tal que se observaban con toda facilidad sus labios mayores a poco que se agachara. El disfraz que había comprado era de gata, pero de gata callejera. Tendría que mantenerse en posición erguida durante toda la celebración a no ser que quisiera conocer profundamente a todos los compañeros masculinos de la plantilla.

Se colocó las orejas de peluche y el antifaz, comprobando que tenía visión suficiente como para caminar sin darse contra ninguna pared. Se le echaba el tiempo encima así que pintó con rapidez unos largos bigotes en su cara, cogió el abrigo y salió velozmente de casa.

Al llegar al restaurante comprobó el sorprendente impacto de su vestimenta: ni un solo perro que pasaba a su lado quedaba indiferente. Sólo confiaba en no tener que recoger nada del suelo para no ser la gata más conocida de su empresa.

El pastor alemán que charlaba con una jocosa siamesa tenía que ser el jefe de ventas, le delataba su oronda barriga. El caniche que llevaba gafas encima del antifaz era el contable, no cabía la menor duda. La gata persa tenía que ser Lucía, la secretaria del señor gerente, su disfraz parecía haber hecho incrementar por dos su ya enorme trasero. El dálmata apostado con una copa de vino en la mano que no paraba de tocarse la cola era Felipe, el encargado del almacén y asiduo lector de revistas porno.

Su jefe, disfrazado de doberman, hablaba con una escuálida siamesa, Alicia sospechaba que se trataba de María, su secretaria de dirección, y según rumores, con la que parecía que había tenido alguna aventura en horas de trabajo.

Alicia miraba a uno y otro lado pero no veía a Arturo por ninguna parte, ningún bulldog a la vista o nadie que se le pareciera, así que optó por sentarse entre dos perros a los cuales no fue capaz de poner nombre, ni siquiera respondían a sus preguntas. Quizás tenían un grave problema de audición o formaban parte del departamento de recursos humanos, que inmutables al pie del cañón hacían oídos sordos a todas las quejas de sus empleados.

Cuando ya se hallaban sentados en su mayoría todos los asistentes, apareció el bulldog que esperaba. Se colocó en una de las mesas que aún tenía sitios libres. Alicia le hizo un pequeño gesto para que supiera donde estaba, pero ni siquiera se fijó en ella, parecía muy apurado por haber llegado tarde.

(Continuará…)

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